5.26.2014

Poema #1052 de Emily Dickinson

Jamás he visto un páramo
y no conozco el mar
pero sé cómo debe ser la ola
y cuál es la apariencia del brezal. 
Con Dios no he hablado nunca
ni el cielo he visitado
pero estoy tan segura del lugar
como si en algún mapa lo hubieran señalado.


I never saw a Moor.
I never saw the Sea —
Yet know I how the Heather looks
And what a Billow be — 
I never spoke with God
Nor visited in Heaven —
Yet certain am I of the spot
As if the Checks were given —


Traducción al español: Rosario Castellanos
[Escrito cca. 1865; publicado por vez primera en 1890]

5.22.2014

Corporaciones = psicópatas

Imagen obtenida de la página de facebook del documental
Imagen obtenida de la página de facebook del documental.

Las corporaciones —institución dominante de nuestra era— son el Frankenstein de la sociedad. Nuestro Frankenstein.

No te confundas, también suelen ser llamadas empresa, compañía o comunidad empresarial. Y son unos pocos individuos que comparten una dirección con el principal objetivo de generar beneficios sostenibles y crecientes, además de legales, "claro". Más y más sin mirar el cómo.

El "error de dedo" ocurrió después de la Guerra Civil (1861-65) estadunidense, cuando al aprobarse la Decimocuarta Enmienda —que buscaba proteger a los esclavos recién liberados, respetando sus derechos constitucionales— los abogados de las corporaciones exigieron que éstas también fueran tratadas como personas; y bueno, al tribunal supremo se le hizo normal que el capital y la propiedad tuvieran derechos y aceptó.

Ok. Aceptamos que las empresas son personas. Lo que sigue es una examen. ¿Cómo sería una persona que se comportara como una empresa?

Les cuelo los resultados que lo diagnostican como psicópata:
  • Cruel indiferencia hacia los sentimientos de los demás;
  • Incapacidad de mantener relaciones duraderas;
  • Temerario desprecio hacia la seguridad de los demás;
  • Falsedad: mentir y engañar repetidamente a los demás para obtener un beneficio;
  • Incapacidad de sentirse culpable;
  • Incapacidad para ajustarse a las normas sociales relacionadas con el cumplimiento de las leyes.

El documental The Corporation, de producción canadiense y dividido en tres partes, se explican y dan ejemplos de cada uno de los síntomas. La segunda parte habla sobre la determinación de la empresa de poseer todo lo que encuentra a su paso: la consciencia de adultos y niños a través de los medios de comunicación; el medio ambiente y hasta nuestro ADN. En la última se ubica y muestra el historial de indiferencia de la corporación hacia la democracia y lo que los activistas hacen al respecto.

5.17.2014

Una pesadilla, un libro para descargar y desvaríos varios


Mantengo en mi boca, durante más de 10 segundos, el agua mezclada con café soluble y azúcar blanca recién recalentada en el horno. Hasta cierto punto la bebida está cargada. No sabe mal. De repente pienso que tecleo en una máquina de escribir. Me trago el sorbo. Desde pequeña me relacioné con máquinas de escribir... como desde los... ¿8? Nunca aprendí a mecanografiar. Mi papá es abogado litigante.

A punto de comenzar la secundaria (técnica), en esos días ¿propedéuticos?, cuando nos enseñan los salones y conocemos a los maestros, prefectos y administrativos, yo mantenía la idea de que tenía inclinación hacía el taller de secretariado, quizá ciertas aptitudes, nada súper-egocéntrico lo reconozco; antes de elegir me pareció que sería una buena opción. Pero me gustaba todo. En el cuestionario de aptitudes, cuyo resultado utilizarían las autoridades escolares para colocarnos a todos los estudiantes en dichas materias prácticas, en las que duraríamos los 3 años de la escuela, fui tan neutral en todas las opciones –máquinas y herramientas, secretariado, electrónica, electricidad e industria del vestido – que sospecho que me aventaron a lo más obvio: Industria del vestido.

De pequeña, y hasta mediados de la educación media superior, me obligué a adoptar el gusto por lo que realizaba. Tenía que mentalizarme antes de hacer algo que no me gustara, si no no podía. Cuando no lo lograba, empezaba a sudar lumbre: pensaba las peores de las cosas; me enojaba con todos y más conmigo. 

Un sueño a los 9 años de edad. Un día que tuve una tradicional riña con mi prima/hermana, mi compañera y amiga con la que siempre me peleaba y competía hasta la escuela primaria. 


"La primera vez que la vi, pensé que así eran los ángeles", dijo Flavio, el dirigente de la estudiantina, que dijo la primera vez que nos vio, refiriéndose a ella. Ella tenía los labios más carnosos y bonitos que conocí en mi infancia; cuando hacía frío se le ponían morados, casi negros. Todavía guardo una falda que alguna ves me prestó y nunca le devolví, en ese entonces no me quedaba.

EL SUEÑO: Estamos ambas en el patio de la casa de mi abuelita materna, donde las dos vivimos. Hay una higuera de fondo. Pasan más personas pero nadie se queda mucho tiempo; entre ellos, los señores de la frutería a los que mi abuelito les renta el local. Aprovecho que no pasa nadie y que ella está distraída recogiendo algún papel, juguete o basura para morderle el brazo. Le arranco un pedazo de carne. Se nota la mordida. Chorrea sangre y llora. Se olvida de mí. No piensa. Duele y sufre. Yo me quedo congelada y empiezan a llegar mis tías y ¡mi abuelita! que la empieza a curar y cuestionar. La prima/hermana no responde. Ya se le puso la cara morada. Todos se asustan. Alguna tía la regaña porque no habla y no respira. Nadie me mira, y quiero regresar el tiempo. La multitud se disuelve para llevarla a algún lugar, ya sea en la casa o en el sanatorio de la colonia. Nadie me acusa. Me quedo sola en el patio, con ganas de llorar pero sin poder. Quisiera no ser mala. O al menos ser mala como ella: de frente. Mi mamá me habla y me dice que mi papá quiere que barra el patio. 

La intens(c)ión era escribir un post sobre mi lectura de Escritos para desocupados; cosa de la que me desvié y estoy segura que no puedo regresar porque "estoy segura".


El libro de Vivian Abenshushan es una especie de ensayo compuesto de otros ensayos; me parece una historia de la contracultura de nuestros tiempos. Habla del trabajo asalariado y no asalariado en México; del ocio y los beneficios de éste para el trabajo; las injusticias en el ambiente laboral; de la tiranía del copyright (nombre de uno de los textos); de la importancia del contraensayo ("libres, anar- quizantes, imprevisibles, anómalos").

Algunos podrían tildarlo de fantasioso y eso me emociona. Considero que desde las primeras oraciones sabrás si te gusta o no, y decidirás si sigues por puro morbo o de plano abandonas la misión. 

Fue publicado bajo la licencia de Creative Commons, y su contenido lo puedes "reproducir y compartir por cualquier medio, siempre y cuando no se haga con fines comerciales, se respete su autoría y esta nota se mantenga". Así es que, si es que existe la cruda de la descarga, no te preocupes porque viene con birria incluida.  

Para llevar comiendo: 

5.16.2014

El bosque a un paso del jardín

La niña se quedó hasta tarde jugando en el jardín.

Un documental sobre la vida de Alejandra Pizarnik:


5.14.2014

De la esencia de la cultura, de Georg Simmel

—El cambio de la moda indica la medida del embotamiento a que ha llegado la sensibilidad. Cuanto más nerviosa es una época, tanto más velozmente cambian sus modas, ya que uno de sus sostenes esenciales, la sed de excitantes siempre nuevos, marcha mano a mano con la depresión de las energías nerviosas. Esto es ya de por sí una razón para que las clases superiores se constituyan en sede de la moda.

5.13.2014

Más lluvia


Una cura contra la depresión que no sé si funciona

Me quema el sol. Tomo café y fumo tabaco.
Estoy en el edifico llamado trabajo.
Veo mi encendedor anaranjado pequeño y pienso en el oxxo donde lo compré, y compré también mi desayuno de esta mañana: un sándwich con tres panes, una rebanada de jamón, una rebaña de queso amarillo y algunos chiles picados en cuadritos.
Pienso qué comeré.
Dos días después recuerdo el consejo de una amiga muy querida de la universidad: una coca-cola y fumar tabaco. Cuando tuvimos aquella conversación —antes de alguna de las tantas clases en las que me tenía que mentalizar antes de entrar al salón— no era yo todavía una fumadora habitual de marihuana. Yo me imaginé el refresco bien frío e intenté elaborar con ayuda de mis papilas gustativas cerebrales el placer de fumar tabaco mientras te acaricias con las manos, una sobre la otra inconscientemente, y ves algún atardecer.